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miércoles, 6 de junio de 2007

todos los ojos / apretando esponjas de dolor

Lo normal que un artista se quiera mostrar como superhombre, dando a conocer sólo lo que lo deja en mejor lugar. Lo que no es normal es que un compositor de canciones enseñe incluso las canciones malas, sabiendo que ellas también son parte de su cuerpo, así, sin complejos, unamunianamente.
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Fernando Alfaro, Chucho, ha publicado también sus canciones malas (en Koniec nos encontramos “No me importa” y la “Mente del monstruo”, incomprensible single), pero también nos ha regalado discos soberbios, reveladores. Inagotables. Los mejores de su tiempo. Los diarios de petróleo daba la mayor noticia sobre su autor, pero el disco terminaba y acabábamos sin conocer dato alguno sobre él, sólo que había parido un álbum insuperable. Tejido de felicidad nos da noticias sobre el exterior y luego salíamos a nuestra calle y la reconocíamos como ajena. Por no hablar de los discos del tiempo de los Surfin Bichos. Por no hablar del último disco, firmado por F. A. y los alienistas.
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F. A. tiene las cualidades de los otros grandes de nuestra época: la fluidez verbal de Josele Santiago, la profundidad existencial de Nacho Vegas, las insólitas conexiones de Sr. Chinarro, la cercanía, la sencillez, el no pasa nada de Nosoträsh. Todo el que se atreva a sacar un disco a la luz en nuestro país tendrá que declarar su deuda con él, o callarse.
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Las obviedades en él no lo son: dice “acariciarte con los dedos” y se te figura que nunca has tocado a nadie, que mil pieles esperan tu tacto. En él, como dije hace tiempo sobre mi concepto de la poesía, “escriben a dos manos la debilidad del hombre y la fuerza del poeta”. Sabe decir: “Yo ya lleno estadios con mi voz”; “ya sabes que siempre se me pone dura el alma”; “y el tiempo así destila un néctar que nos activa, que nos conecta a la realidad”; “mira qué color más raro, no quería hacerte daño”; “sé que seré tu aliento de hielo un día de invierno”; “no pretendía hacerte daño a ti, si te lo hice fue porque quería hacérmelo a mí”. Puaf. Yo qué sé. Dicho así no valen ni la cuarta parte. Dejémosle a él la tarea de resolverse.
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Conocí a Chucho a principios de 2005. Yo estaba especialmente encendido porque acababa de publicar mi primer poema, y mi encuentro con él fue comparable al de cien escritores unidos. Me sorprendió su enfermiza timidez, su invisibilidad, sus ganas reprimidas de estar en otra parte. Mientras, todos disfrutábamos. Él hablaba de sus discos favoritos: “Insisto en el concepto de álbum”, decía. Supe de la importancia de que el disco fuera un todo, redondo con tan solo un agujero, para que al girar no diese vueltas el sinsentido. Mi hermano le regaló enmarcada una caricatura que acababa de publicar en un periódico local. La recibió con entusiasmo de niño que acaba de recibir su reflejo principiante, incluso un reflejo convexo como el que Jose traía en las manos. Su estar sin saber bien estar, de gasolinero infinito, su ducharse un poco de su condición de artista para contestar, me recordaron un poco a otro de mis maestros, Pablo Alonso Herraiz, al que dedicaré otro día. Sobre Fernando dejo de hablar con palabras perecederas, y se las cedo a él, con vocación de altura, altura no buscada pero eterna.
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[Un desconocido estimulante que habla sobre él:
http://juanmasantiagoblog.blogspot.com/2006/05/otras-tres-canciones-para-el-nuevo.html]